Una Leyenda de Atlantis

La historia que os voy a contar ocurrió hace mucho tiempo en un lugar tan mágico que fue escogido de entre muchos lugares del mundo por los habitantes del legendario territorio submarino de Atlantis para ser utilizado como puerta para acceder a nuestro mundo y de ese modo vigilar la evolución de la raza humana a la que antaño pertenecieron y que abandonaron por no compartir la oscura forma de vida de estos siempre inmersa en la avaricia, la envidia y el poder. Cuenta la leyenda que solamente salían a la superficie en las noches más oscuras para evitar ser vistos por los indiscretos ojos de los seres humanos que pueblan la superficie.

Cuenta la historia que una de las habitantes de Atlantis subía a menudo a la superficie para contemplar las maravillas del mundo más allá de su mundo. Ella como todos los de su raza, adquirió la habilidad de adoptar una forma humana en la superficie mientras que en el mar adoptaban una forma más apropiada al medio acuático, más cercano a la forma de un pez que a la forma humana.

Una noche de luna llena descubrió algo que nunca había visto, algo que encendió en su alma la llama de una curiosidad jamás sentida en Atlantis, una luz humana. Esta luz la hechizó como ninguna otra maravilla de los dos mundos que conocía lo había hecho antes. No entendía, como una raza capaz de crear semejante hermosura llena de color y calidez podía vivir en un mundo de oscuridad espiritual como había aprendido ella en las profundidades.
Se propuso acercarse a esa luz que había contemplado por primera vez y que seguramente había terminado allí tras alguno de los numerosos naufragios que salpicaban la historia del lugar. 
Y durante varias noches mientras duró la fase de luna llena intentó acercarse a la luz, pero cada vez que se acercaba la luz la quemaba. Y fue en la quinta noche cuando su delicada piel ya endurecida lo suficiente la permitió tocar y coger aquella luz que tanto la había atraído. Y sintió que en vez de menguar su interés por aquella luz crecía como crecía su curiosidad por la raza humana.

Y fue la primera habitante de Atlantis después de milenios que consiguió dominar la luz humana. Y todas las noches de luna llena volvía al mismo lugar a contemplar la Luna mientras portaba la luz de la raza humana que cada día tenía menos secretos para ella, una luz pura que igualaba la pureza de la luz de su alma.
Y ya fuese en su forma humana o semihumana la luz siempre la portaba en sus manos mientras cantaba bajo la luz de la Luna con una voz que resonaba en las rocas con la fuerza de un temporal pero con la dulzura de la que canta a aquellas cosas por las que que siente amor un ser. Y cantó a la Luna y cantó a las olas, cantó a aquellas curiosas formas en las rocas que con tanto esfuerzo el mar esculpía y que tanto atraía a los marineros que navegaban por este lugar.


Una de esas noches en que cantaba, un joven y apuesto marinero que se encontraba caminando por las rocas la escuchó y se acercó atraído por la dulzura de aquel sonido y lo que descubrió más allá en las rocas posada con elegancia hizo que quedase prendado de aquel hermoso ser desde el mismo momento que la vio. La curiosidad atrajo a ambos a aquel lugar y la casualidad hizo que cruzaran sus miradas. Ella se lanzó al mar, y el se acercó al mismo. Ella asomó los ojos y el la llamó. Mirándose mutuamente sintieron que no tenían nada que temer el uno del otro y ella se posó sobre la roca saltando desde el mar con la facilidad con la que un gato salta y se posa sobre un muro alto. Y allí los dos conversaron durante horas con el mudo acompañamiento de Luna, sobre la luz de la humanidad y otros asuntos de los que ambos sintieron curiosidad.


Algo más que amistad surgió en aquel encuentro casual que se reprodujo en noches de luna llena sucesivas. 




Ella le mostró las maravillas del mar, a sentir, y a disfrutar del mar como nunca antes pensó que podría haber llegado a disfrutar jamás, pues siempre había visto el mar como el lugar donde encontraba su sustento ya que allí conseguía su comida y también el material con el que obtener dinero. Ahora veía el mar de una manera más allá de su propia compresión, sentía su alma unido al mar de la misma manera que su corazón se había unido a ella.




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